lunes, 10 de noviembre de 2014

Si pudiéramos recordar





Si pudiéramos recordar
los paseos, los besos, 
las veces que recorren nuestras manos
en busca de la gracia
miradas de amor y ternura...

Si pudiéramos recordar
la manera incansable de mecernos,
de calmar nuestra temprana inquietud
para esfumar el llanto
el hambre, la sed...

Si pudiéramos recordar
las noches en vela
sumidos en una danza eterna
que va, que viene
por la alfombra, 
deambulando a oscuras...

Si pudiéramos recordar
las renuncias siempre mágicas,
las sonrisas compartidas,
los dulces amaneceres...

Si fuéramos capaces de recordar,
estaríamos hechos de más amor,
de más luz, de más vida,
de más gratitud, de más esperanza...

No habría días grises
ni gentes vacías
ni cosas inútiles
ni miradas en vano...

Si pudiéramos recordar
el principio de todo
no podríamos ignorar
el sentido de la vida...

Si pudiéramos recordar...


lunes, 26 de mayo de 2014

Dos corazones


Cuando tienes dos corazones dentro de tu cuerpo, el propio y uno en construcción, tiendes inevitablemente a sentir de otra manera. No sé si más, si exactamente el doble o simplemente diferente.
Enfrascados en un súper proyecto, me veo cómo una de esa muñecas rusas, en sus orígenes japonesas. Las matrioskas, coloridas y risueñas, guardan dentro de sí una figura más pequeña, que a su vez te sorprende con otra en su interior. 
La maternidad asoma por la puerta del futuro, ya a menos de tres meses de que llegue. Me gusta creer que eres, en lugar de la figurita que espera dentro a que su mayor sea abierta, la capa que se forma como un halo, a mi alrededor. Si no fuera porque te siento en mi vientre, diría que lo que haces es recubrirme lenta y cuidadosamente, guardando con celo mi esencia pero otorgando, a esta loca empedernida y orgullosa, aires de prudencia, ternura y juego. Me da que me vas a completar, pequeño. Lástima que no lo sepan ver todos. 

A mi entender, no es fortuito que aquéllas sean de madera, noble material que nos brinda la naturaleza para que lo trabajemos y aprovechemos con responsabilidad y con la pasión del capricho creativo, más allá de su funcionalidad. Sólo ahora, ser madre se me antoja como un intrépido viaje, que se trazará sobre la marcha y cuyo mapa tengo ya entre mis manos. Porque tú, lindo ser que me divierte y me asusta, nacerás como un bloque de mármol virgen para no volverlo a ser nunca más, a veces modelado con cincel por los que te acompañaremos, en ocasiones erosionado suave y lentamente por la lluvia que día tras día caerá sobre ti, o por las olas que tú mismo quieras ir a buscar.

Algo así sucede conmigo, intuyo. Y con todas las que me precedieron. El cambio más importante, la conversión más antigua, la metamorfosis más generosa.

A pesar de que te esperamos desde hace ya unos meses, es ahora cuando estás inundándolo todo. Empezamos a imaginar, a crear y a disponer para que tú estés cómodo cuando decidas llegar. Y, siguiendo con nuestra filosofía de aprovechar y valorar aquello que nos llega de los que nos quieren, hemos empezado preparando el lugar donde construirás tus sueños: tu cunita, donde también los construyeron tus tíos paternos, treinta y tantos años atrás. Tras una limpieza, sutil y cuidadosa, gracias al buen estado de conservación del bambú, espera la llegada del colchón de espuma que encontré por casualidad en una tienda de segunda mano de San Bernardo y que papá cortó para que encajara perfectamente en la estructura. La yaya cose desde hace poco las telas que vestirán tu cama. 

Te iremos enseñando el color que le vas dando a nuestra vida. Hoy ya tienes tu sitio en nuestra casa, pronto también tuya.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Por encima de todas las cosas







Nostalgia navideña la que inunda el alma...al recordar tiempos de niñez e inocencia...de abuelos y primos...de regalos y nervios.

Siempre habrán tintineantes luces que, entre las ramas de un abeto, hagan soñar al que las mire.

Porque es tiempo de nostalgia...pero también de esperanza... y de sueños...


Feliz Navidad a todos, no dejéis nunca de anhelar y de amar, por encima de todas las cosas.









martes, 10 de diciembre de 2013

Motivos


Tras meses de ausencia, secuestrada por el trabajo durante noches y días, vuelvo a coger paleta y pincel para jugar de nuevo con los colores. Tiempo de cambios, de viajes, de cortas y hormigueantes esperas. Los días pasan tremenda y peligrosamente deprisa cuando vives al máximo y duermes poco. Porque trabajar también es vivir, aunque muchos se empeñen en autoconvencerse de lo contrario. No estás dormido, ni estás muerto. Simplemente estás...trabajando. Volcando tus horas en tareas que, cuando te gustan, te envuelven.
En el momento en el que esta ola de acontecimientos pasa, lo que queda vuelves a ser tú. El tú más esencial y más sincero. Durante algunos años cambias a menudo de ideas, de mensajes. Tu personalidad se expande, porque así debe ser, y pareces no reconocerte en cada mirada que echas al espejo. En cambio últimamente, exceptuando ciertos tsunamis emocionales, vuelves a parar y a encontrarte con lo que conoces y con lo que, además, no quieres cambiar porque te define.

Y a todas éstas, en un nuevo e improvisado fin de semana solitario, te adentras en una antigua estación de tren, llena de cosas antiguas y de gente que, en cierta manera, también lo es...
Una fría pero soleada mañana de invierno te enfundas en tu recién no-estrenado abrigo de pelo negro (o así es como se le debería llamar a la primera vez que te pones algo de segunda mano que acabas de adquirir) y buscas intencionadamente el calor de la gente y de los trastos. Y de ambos entremezclados.
El Mercado de Motores es hoy para mí, sin duda, la musa que vuelve sin avisar, la chispa que ilumina unas brasas desde dentro.
Llego a la antigua estación de Delícias, que hasta el año 1969 vió partir trenes hacia Cáceres y Lisboa, y ya me contagia la música que sale de las cuerdas del bajo y las guitarras de cuatro ángeles que se sitúan junto a la puerta. Sí, ángeles desgreñados, con camisas de cuadros y barba de semanas, pero lo que tocan me resulta lo más fresco y, a la vez, lo más profundo que he oído en mucho tiempo. El sol se refleja en los grandes cristales de la fachada principal de la estación, que hace hoy de museo, y donde se exponen piezas de trenes, espectaculares maquetas y vagones de cuento que un día transportaban sueños.
Al entrar, acompañada aún de la icónica melodía, me golpean olores y sonidos que evocan precisamente lo que esas paredes guardaron hace no demasiado tiempo. El aroma del café recién hecho se mezcla con un resquicio de olor a carbón que sale de la techumbre. El barullo del gentío se convierte en telón de fondo de mi visita. Alguna voz acuciante le da la perspectiva a la escena.

De una ojeada compruebas levantando la vista que la historia está bien hilada. Una atmósfera nada forzada, diría que bien conseguida, parte del lienzo ya de por sí inspirador. Puestos y tenderos seleccionados con inteligencia y buen gusto. Variedad y casi ningún elemento de relleno.
Juguetes clásicos, papiroflexia, sombreros y tocados, juegos de mesa, gafas y bisutería, pajaritas, quesos y panes, vinos y aceites, ropa, muebles y un sinfín de trastos usados y nuevos se suceden ante mis ojos esta mañana de domingo.
Dentro los comerciantes y fuera, entre las ocres hojas de unos imponentes plátanos madrileños, gente vendiendo las cosas que le sobran para, imagino yo, comprar lo que le falta.
Afortunadamente, este es uno de esos días en los que nadie me espera y el tiempo me sobra. Es por eso que encuentro un par de joyitas y regateo por ellas. Me pierdo de nuevo entre la multitud, observando vajillas y telas, e intentando retener en mi memoria en qué puesto tienen aquello que me interesa, para abordarlo en la segunda pasada.
Intento imaginar, mirando al que pone precio a sus cosas, el por qué de la decisión. Y, quizá me equivoco al pensar que tiene que haber un motivo.

¿Es necesario tenerlo? ¿No deberíamos, al contrario, buscar el pretexto para quedarnos las cosas?


Es posible que nos dé pánico comprobar que muchas veces no existe. Que no hay una razón para no desprendernos de algo y dejar así que vaya a parar a unas nuevas manos que le den otra vida.
En los exteriores de Motores encuentras gestos que se mueven entre la pena y la alegría,  entre la valentía y el miedo de quienes se atreven a buscar en tus ojos sabiendo que no encontrarán los motivos.